El pueblo costero perfecto
A 21 kilómetros al este de Túnez se halla Sidi Bou Said, una pequeña y encantadora villa costera que se alza en lo alto de un acantilado, y que parece recién salida de un cuadro ideal, o de un sueño evocador.
Muchos han sido los viajeros que se acercaron a este lugar durante los últimos dos siglos y medio, dejándose embelesar por el perfecto paisaje blanco y azul, pero Sidi Bou Said ha sabido mantener la emblemática belleza de sus callejuelas.
“Descubierta” por adinerados franceses a principios del siglo XIX, y redescubierta en 1942 por André Gide, el carácter singular de Sidi podría haber sido corrompido, y la zona sobreedificada, de no ser por las órdenes promulgadas por el gobierno en 1915, con vistas a preservar su personalidad, destacando en este aspecto la ley que obliga a los habitantes de la localidad a pintar y mantener sus casas de color blanco, exceptuando las puertas, ventanas y rejas, que tienen que deben ser de color azul claro.
El azul turquesa del Mediterráneo salpica, así, las inmaculadas casas pintadas de un blanco absoluto, colándose por las callejuelas y ayudando a conformar una hermosa estampa tunecina, en la que podremos sumergirnos para gozar de una vivificante atmósfera más propia de otros tiempos.
Como visita obligada, hay que detenerse en el célebre Café des Nattes para disfrutar de un té a la menta o con piñones en su acogedora terraza al aire libre, lugar que frecuentaron en su momento, personalidades de la talla de Flaubert, Klee, Bernanos, Simone de Beauvoir, o el mismo Gide.
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